5 artistas de la nueva pintura

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Yago Hortal

Y pareciera que Edmond Duranty ya lo había visto todo. Era 1876 cuando se le presentó entre el realismo, una corriente: la nueva pintura o el impresionismo, como lo llamaban los críticos de manera satírica y con una sonrisilla burlona guardada en el sombrero. Pero Degas o Caillebotte no serían ahora, en realidad, la nueva pintura si se entiende el arte como el reflejo de la sociedad que deambula por sus calles. Pero así fue como Duranty puso nombre a uno de los ensayos más prolíficos de su carrera, Nueva pintura ya no solo en base a la técnica pictórica sino también a la temática sobre un lienzo. Quizá, al fin y al cabo, la historia de la pintura es como entender que los pinceles cubiertos de pigmento seco pueden seguir pintando, a pesar de haber perdido la mayoría de sus cerdas, todavía tienen la gran capacidad de hacer ese gesto. Y así el pincel ya no absorbe pintura, ni la deja resbalar, ni tan solo juega sobre el soporte, pero comienza a funcionar como una pequeña catapulta que traspasa continuamente los pegotes de pintura desde la paleta al lienzo. Porque siempre hay algo nuevo que contar y el cómo acaba siendo el gran leitmotiv. Como quien mezcla pintura y escayola sobre una tela para contar el concepto de peso o contundencia. Y en ese proceso es cuando imagino un paso más, en algún momento la pintura podría despertar, alzarse de su soporte y comenzar a cubrir completamente las herramientas que la están construyendo, como si el cuadro no fuese suficiente, como si sus marcos, rastros y restos pudieran invadir y devorar los objetos que la forman. Una pintura que se devora así misma, como ese Saturno devorando a un hijo que pintó Goya o la Reminiscencia arqueológica del Ángelus de Millet que recreó a modo de mitología Dalí y que nos remite que, al fin y al cabo, todo son versiones de otras cosas. Algunos lo llaman un soplo de fresco, yo me decanto más por una colección de híbridos que han dejado su mundo práctico para empezar a generar otros sin olvidarse de las raíces. Os presentamos a cinco artistas que no olvidan parte alguna del gran árbol milenario llamado pintura, como la representación gráfica que cubre e invade, que aporta capa a capa pero parece aniquilar también todo aquello que cubre para contar. T: Andrea Bescós

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1.- Jen Mann dice que si pudiera cenar con alguien del pasado escogería a Van Gogh o a Matisse. También cuenta que sus sueños son una especie de paseos por una época salvaje, fruto de una película extraña y psicodélica. No escapa de ellos y les hace un sitio en su estudio de Toronto. Suelen describir su pintura como unos coloridos retratos fotorrealistas que la misma Mann explora mediante el subconsciente, combinando matices surrealistas. Libertad, belleza percibida, identidad, emociones, hogar… que van más allá para contar acerca de concepciones sociales para la auto-reflexión. Pareciera que de sus pinturas emergieran de la forma más intuitiva para expresar sus narrativas de auto-descubrimiento, comprensión y aceptación. Con estas imágenes le ocurre ese proceso catártico, que solidifica las ideas de su existencia sin palabras. Como si de una sensación visual o pensamiento sobre un tema pudiera evolucionar por sí mismo. Porque, al fin y al cabo, para Jen Mann los pensamientos son multidimensionales y pierden todo su ser y significado al empalabrarlos.

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2.- In3stable es el apodo que esconde a Inés Maestre, la que nunca permanece demasiado tiempo en un lugar. Y es que a fin de cuentas, inestable no es más que aquello que cambia, la inquietud por hacer y mutar que podría, parece, fácilmente definirla. Y quizá, cuando observamos a sus personajes lánguidos y repletos de juventud y que esconden algo que solo podemos interpretar, ella ya se ha ido. Le atraen como un imán las personas que esconden algo y da esa atenta mirada a reflejar en cada gesto sobre el óleo sus tortuosas vidas, detrás de unos rostros que fácilmente podrían formar parte de la parrilla de un cásting de modelos de Hedy Slimane. En su obra retratística vemos esa reminiscencia a Lucian Freud, uno de los mayores exponentes del retrato del siglo XX y esa insatisfacción que le producían los retratos que se parecían a la gente, diferenciando el pintar un rostro que se parece a alguien del pintar un rostro que es como alguien. Así es como, dice In3stable, se huye de un retrato sin alma.

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3.- “En la palma de mi mano”, contestó Guillermo Mora a la pregunta a dónde le gustaría realizar su próxima exposición, requiriendo a un tipo de obra en su estado más concentrado. De aquellas obras diminutas que consiguen pasar de lo macro a lo micro para condensar en lo pequeño grandes historias. Habla, quizá, de esas obras que se erosionan, se borran, se pliegan, se arrugan y acaban por esconderse o reducirse hasta un lugar tan mínimo como la palma de una mano. Un tipo de exposición que podría esconder y abrir o cerrar la misma maleta dadaísta de Duchamp, repleta de diminutas reproducciones de su trabajo que llevaría en el bolsillo hasta 1935. Porque Mora quisiera viajar con varios mundos concentrados en un minúsculo espacio y piensa en su  mano, en la que puede “Sumar, restar, multiplicar y dividir”, como así reza su statement, la eterna búsqueda de dar una segunda vida a soportes y obras desechadas. Quién sabe si sus antiguos pinceles, broches, cuadernos o botes de pintura de sus abigarradas estantes de su estudio formarán parte de su futura exposición. O en la palma de su mano.

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4.- Kati Williams pinta luciérnagas sin quizá saberlo. En su obra de matices mitológicos da un paseo por la pintura barroca y los viejos maestros del Romanticismo. Es como si en un lienzo comparara el proceso de la pintura y la construcción de una escultura en el trabajo de capas de colores y esmaltes, hasta que finalmente, las formas de luz emergen fuera de la oscuridad total. Enmarca ese juego de tradición del arte del pasado trayéndolo al lado más contemporáneo. Composiciones tan íntimas como cortas, donde su cara pecosa tiene el mando sobre los elementos como el aire, el agua, el fuego y la tierra cubierta de musgo. Es esa inagotabilidad que ve Williams en la naturaleza humana y su tendencia a personificar conceptos que son más inabarcables de lo que uno puede llegar a comprender. Esos conceptos se transforman en mujeres sacadas de entre las páginas de un cuento, mito o religión.

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5.- Dicen que al ver una pintura de Yago Hortal te entran unos deseos irrefrenables de tocar la obra, como si la evocación al tacto naciera en milésimas de segundo, fruto de esa pasión tan tangible por retratar el color, sin dejar que el lienzo le ponga un límite. La tela se disfraza de escenario, donde Hortal logra estructurar formas coloridas que nacen tanto del puro azar como de un acto consciente, trabajando en el aspecto más físico de la materia y sus diversas aplicaciones. Así es como este artista se guarda en el bolsillo el concepto básico que transmite su obra y deja que el espectador descubra lo que quiera. Sin limitarlo. Su proceso pictórico se retrata desde una evolución contínua para trabajar en una pintura que le lleve a otra explosión. Y así sucesivamente. Porque a fin de cuentas, este barcelonés trabaja sobre el equilibrio entre el caos y el control, la confusión casi manifiesta entre la intuición y la razón, como si se tratara de una combinación entre un juego de ajedrez y un combate de boxeo, que le obliga a detenerse en su ejecución y procesar en su cabeza si la libertad reflejada en el lienzo es válida o no. Y pintar es realmente, para Hortal, tomar esas decisiones sin ninguna repercusión. Como el reflejo de la vida.

 

T: Andrea Bescós.

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