el arte de 2015 by lamono team

 

El 2015 ha sido un gran año para el arte. Pero también ha habido pérdidas, y muchas. Nos pasamos el año escribiendo sobre arte, viendo proyectos, series y obras individuales, pero es el momento de reflexionar y hacer balance, como hacemos con la propia vida. Cada uno de nosotros se lleva el recuerdo especial que le ha dejado una obra durante este año, y nos lo traemos para 2016, y en general, para el resto de nuestra existencia. Un ejercicio de parar, mirar atrás, y valorar lo visto y vivido, desde la perspectiva del arte. Gracias por leernos un año más. Nos leemos en el siguiente.

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Vicky Navarro, redacción y edición / Daniel Arnold

En lamono, como es de suponer, solemos hacer entrevistas muy a menudo y de vez en cuando te topas con alguien que te cautiva. Así me pasó con Daniel Arnold, un fotógrafo norteamericano y una de esas personas que tienen tantas cosas en la cabeza que parece que topan entre ellas continuamente y a veces cuesta expresarlas. Por suerte, Arnold se expresa de maravilla a través de la fotografía callejera porque, como él mismo cuenta, su objetivo es “contar historias de lo bizarro, sobre los matices no mencionados de nuestra experiencia universal”. Porque sí, miles de cosas pasan a nuestro alrededor a cada instante, pero no todas ellas esconden un significado. Puede que simplemente sean la manera en que exteriorizamos lo que llevamos dentro cada uno de nosotros y, al mismo tiempo, algo que forma parte de la raza humana, o sea de todos. Una mueca, un gesto, una mirada… pueden pasar desapercibidos pero no hay nada más cargado de emoción real, y eso es lo que busca capturar Daniel Arnold sin parar. Por eso estará eternamente observando lo que le rodea y retratando la sociedad a través de sus habitantes.

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Felipe Duarte, traducción y distribución / La destrucción del patrimonio histórico por parte de ataques terroristas.

En el 2015 hubo dos eventos que llamaron particularmentemi atención en el mundo del arte. Y aunque el primero está relacionado con mi artista favorito, Picasso, y su gran obra, Les Femmes d’Alger (“Version O”), la cual batió el record de precio en subasta de obras de arte, el segundo me sorprendió y afectó más, pues causó huellas imborrables en nuestra historia, identidad y posible olvido de las mismas. Se trata de la destrucción de nuestro patrimonio cultural por parte de ISIS, EI, Daesh, como quieran llamarlo. Más allá del contexto político, religioso y económico, siempre he considerado los rezagos de antiguas civilizaciones como mensajes atemporales que logran conectarnos como especie; la prueba de una historia que va más allá de países o religiones, monumentos que datan del año 1800 a.C. y nos hablan de nuestro origen, nuestro pasado y evolución, del desarrollo del lenguaje, la civilización y entendimiento del mundo. Al fin y al cabo, construcciones que hacen parte de nuestra identidad como raza humana. Una pérdida que posiblemente nunca recuperaremos, que perduro a través de miles de años y cayó ante la intolerancia. Y aunque resulte nostálgico, no debería sorprendernos, pues así pasen décadas, siglos y milenios, lo único que cambia en la historia de la humanidad es el escenario en el cual se desarrolla esta película, la historia siempre es la misma: unos contra otros, pobres y ricos, guerras y hambre. Desde el principio de los tiempos y hasta más allá del horizonte.

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Cristina González, redacción. / Joan Guerrero, 26.08.2014

365 días dan para mucho. Reímos, lloramos, celebramos, añoramos, queremos, odiamos… Durante 364 días vivimos sumergidos en un espiral de vida que nos lleva rodando al último día del año. Y, un año más, aquí estamos, repasando todo lo que hemos hecho durante los 365 días y las 365 noches que se nos ha brindado. Solemos recordar lo grande que nos ha hecho llegar aquí. Solemos olvidarnos de lo mediano y de lo pequeño, porque de eso (casi) nadie se acuerda. Pero yo hoy brindo por todas las miguitas de pan que se nos caen al comernos un bocadillo, por todos los “buenos días” que se nos escapan, por todas las palabras sinsentido que creemos estupideces, por que sin esa esencia de cada uno de nosotros las copas estarían vacías de encanto, de sueños y de vida. Hoy recuerdo con cariño aquel miércoles de marzo en el que mi curiosidad me llevó al espacio “Arts Santa Mònica” y descubrí la exposición fotográfica “1 día, 1 foto”. 31 fotógrafos habían trabajado durante todo el 2014 recogiendo momentos, instantes, de la vida de Catalunya, de su gente y de su sentido. La mayoría de las fotografías no recogían lo que entendemos por grandes momentos pero a partir de entonces entendí que todo cuenta, que el tamaño no importa y que el corazón te lleva a todas partes.

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Lledó Alfageme, redacción / Steve Jobs by Banksy

Lo que el street art nos ha dejado/enseñado este año. Galeano hablaba de ellos, los hijos de nadie, los dueños de nada. Nadies, porque según dicen, no practican cultura sino folklore, porque no tiene cara sino brazos. Nadies porque, como nosotros, no tienen nombre, permanecen anónimos y a cambio toman apodos (Bansky, JR, Invader) y se cubren el rostro para participar en la partida a muerte que es la vida. Las mismas reglas que rigen el juego los tachan de ilegales, delincuentes y criminales, al fin y al cabo la libertad de expresión es un derecho que se controla en su soporte, y lo que se escribe en muros, calles y tejados es quizás demasiado libre para permanecer y/o permanece demasiado para ser libre. A las puertas del 2016, el street art, una disciplina que ha dejado algunas de las obras más reconocidas del arte de nuestro siglo, sigue siendo ilegal. Por suerte la prohibición nunca supuso un impedimento y este año ha sido especialmente pródigo. Bansky firmaba sus últimas obras en la Jungla, un campamento de refugiados en la ciudad francesa de Calais que se ha ganado bien su sobrenombre. Mientras tanto y también en el país Galo, un París listo para celebrar la Conferencia del Clima se llenaba de falsos carteles publicitarios retratando la hipocresía de participantes y mandamases. En el mundo editorial, Phaidos publicaba el primer libro que abarca toda la trayectoria artística de JR, el fotógrafo cuyos retratos se exponen en los muros de cualquier ciudad. A modo de reivindicación, Invader, el artista del pixelado lanzaba un mensaje en su web para denunciar la destrucción y posterior venta fraudulenta de obras street art. Saltarse las reglas está justificado, siempre y cuando sea para amenazar el discurso hegemónico que nos vienen vendiendo. Las verdades verdaderas deberían escribirse en muros, donde todo el mundo las pueda ver, donde nadie las pueda ignorar.

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Núria Emilio, redacción / Amy Judd

La primera vez que vi a la mujer pájaro – inmediatamente al verla me tomé la libertad de ponerle este nombre – supongo que me quedé prendada de la belleza de sus formas y de la delicadeza del tacto de sus alas, pero lo que más recuerdo es que sentí que alguien me había pintado a mí. Me sentí completamente identificada con ella, quizás no en cuanto a lo físico, pero sí en lo emocional y solo hizo falta un segundo para darme cuenta de que esa mujer estaría en mi vida para siempre. Fue verla y recordar todas las canciones que un día habían penetrado mi alma, sentir un cúmulo de emociones indescriptible que abarcaba desde la nostalgia más profunda a la felicidad más honesta provocada por el hecho de que alguien, aunque sea de oleo, me entiende. Aún ahora, cuando la miro, vuelvo a sentir lo mismo que sentí la primera vez: todo de golpe, como la brusca aletada de un pájaro que te golpea el alma y ya nunca vuelve a ser la misma. Obviamente, como pasa siempre que algo te impacta, tuve que investigar sobre la autora: Amy Judd es una artista residente en Londres que usa la pintura para explorar el vínculo entre las mujeres y las aves, objeto de numerosas leyendas de la mitología tradicional. Para Judd las alas simbolizan la fuerza, la valentía y el vuelo, lejos de ser emblemas de fragilidad. Para mí, la mujer pájaro es la más fiel representación de lo que es una mujer: fuerte, libre, indomable y, muchas veces, el perfecto paradigma de la expresión ‘tener pájaros en la cabeza’, con la que no me podría sentir más identificada. Más allá de lo sentimental, la combinación de colores tenues del cuadro me evoca una tranquilidad de la que no quiero despertar jamás. Me impresiona como Judd consigue unir realismo y fantasía como si fueran parte de una misma dimensión: une la realidad con el mundo de los sueños representando la doble vertiente de la vida misma. Por todo eso y porqué cuando supe que tenía que escoger una obra no tuve duda alguna de que tenía que ser ella; la mujer pájaro, a la que podéis llamar como más os plazca, es mi pequeña aportación al arte de 2015. Un 2015 cargado de momentos memorables y de ratos en los que la subsistencia te empuja a asomarte a la ventana, cerrar los ojos, despertar la imaginación y volar. Que en el 2016, sigamos volando.

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Andrea Bescós, redacción / Ryan Mcginley

Conocí a Ryan McGingley de casualidad que, dicen, es como se tiene que conocer a las personas. Durante años se ha grabado a fuego la palabra serendipia en la palma de mi mano, hablo del hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. Por eso cuando vi esta instantánea de McGingley en una noche de enero deseé que en su momento más puro de epifanía, en buscar transmitir un qué y un por qué, hubiera venido otra emoción sumergida. Pero, sobre todo, ansié que parte del producto de sus fotografías fuera de haber leído a Milan Kundera. Esa sensación, el vértigo, el embriagador, el insuperable deseo de caer, que se encargó de describir el escritor checo en La insoportable levedad del ser y que tanto destila de la obra de este fotógrafo norteamericano. En sus series vemos esa erótica inocente, calculada pero desprevenida, mucho más allá de una iridiscencia que, si te descuidas, te transporta a cualquier canción de James Blake. La obra de McGingley es lo prohibido, surrealista y asfixiante. El hedonismo más puro que rezuma de unos jóvenes que corretean desnudos, jugando y viviendo en la naturaleza como si estuvieran viviendo en una mismísima novela de Kerouac.

johnny cash

Antonella Sonza, redactora jefe y community manager / Ricardo Cavolo

Este año, para muchos, ha sido el de reinventarse. El de romper con todo y volver a descubrirse. No hay certezas, solo cambio. Y eso siempre es bueno, porque el cambio es el motor que nos lleva hacia adelante. Y no se libra nadie, ni siquiera Ricardo Cavolo, uno de los ilustradores más importantes de este país. No es que este año haya descubierto su obra, porque tendría que haber estado viviendo en otro universo para haber permanecido ajena a ella, sino que he descubierto, de sus propias palabras, como los caminos del artista son inescrutables. En el proyecto en el que nos embarcamos con MISCELANEA, las charlas Talk, Share & Create, el artista salmantino reflexionó sobre esa incógnita, esa incertidumbre que a muchos nos ahoga: ¿cuándo se sabe que has encendido la mecha? Y una vez encendida, ¿cuál es el camino a seguir? Demasiadas preguntas, y una sola conclusión: la única respuesta es dejarte la piel por lo que crees, por aquello que te motiva, y todas las preguntas desaparecerán. Es refrescante ver como un artista de éxito te cuenta desde la sinceridad cómo empezó todo y cómo lo ve ahora con la perspectiva que te da la experiencia. Valiosas palabras que yo personalmente recordaré por mucho tiempo.

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